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Anaíz bajó de su auto al tiempo que sacaba el teléfono celular del bolsillo trasero de sus jeans, seguramente para llamarle y pedirle indicaciones. Pero Alecsandros, quien esperaba impaciente, semioculto tras un grueso pilar del antiguo edificio del Palacio de Cabildos, había observado su llegada y ya se acercaba. Cuando estaba a un metro de distancia, ella sintió su presencia y levantó la vista. Él pudo percatarse de su asombro, de la admiración y el placer que le provocó la sorpresa de encontrarlo ahí. Ella le echó los brazos al cuello y lo abrazó fuertemente, con la misma intensidad con que él cerró sus brazos alrededor de su cintura. Ella quería decir algo que no lograba salir de sus labios.

Alecsandros percibió, mezclado con su perfume, el sudor de las axilas de la chica. Desde la primera vez que lo aspiró supo que nunca había olido a alguien así. Esa esencia lo enervaba y lo llevó a revivir las escenas de amor con ella. En su mente apareció la imagen de las hermosas nalgas de su amante, increíblemente redondas. Recordó que ella siempre le decía que sus brazos estaban hechos para ella, porque sus manos terminaban exactamente en sus glúteos. La cobra real que dormía en su entrepierna alzó la cabeza. Alecsandros siguió el curso de su pensamiento y recordó los vellos color de bronce nuevo que rodeaban el “anillo de cobre” de la chica, como le llamó en recuerdo de Lezama Lima. La serpiente de su sexo comenzó a erguirse.

Él, sin soltarla, abrió los ojos: el sol estaba encima de su cabeza y sus rayos hacían brillar los largos cabellos dorados de la joven. Algo humedeció su mejilla y se dio cuenta que unas lágrimas escapaban de los ojos cerrados de ella.

Eso lo enterneció. La cobra retornó a enroscarse. La ternura venció a la lujuria. Los tres demonios que siempre cuchicheaban en su nuca, volaron y se apostaron en una torre de la catedral de Santo Domingo, a unos cien metros frente a ellos. Desde ahí observaron irritados.

Él sintió en su pecho algo que no había sentido o que estaba olvidado, diría después. Fue en ese momento en que presintió que ella podría amarlo. Y lo refrendó el mensaje que ella le envió minutos más tarde refiriéndose a la sorpresa de su llegada: “Es la cosa más hermosa que nunca nadie me había regalado. ¡Gracias!”. Quiso llamarla para reconvenirla de que no debería escribir mientras manejaba, pero recordó que él, desde que salió de Ciudad Huaxe estuvo hablando con ella mientras conducía a 120 kilómetros por hora en las peligrosas curvas de la sierra.

Todo había comenzado dos meses atrás. Más de diez años antes se conocieron cuando ella asistía al taller de poesía que Alecsandros impartía en la Fundación Juana Cata del puerto de San Blas Obispo de Armenia. Al concluir la preparatoria, ella se fue a estudiar a Guadalajara y no volvieron a encontrarse ni a tener comunicación hasta que ella lo buscó en la Red para que revisara el libro de poesía que planeaba publicar. Alecsandros también había abandonado el puerto para radicar en Ciudad Huaxe, la capital del estado. Después de acordar un pago (que nunca quiso cobrar), se entrevistaban cada cierto tiempo para revisar los borradores del libro. Se citaban en la casa antigua de tejas que él había heredado de sus padres y que permanecía sola, al final del puerto, bastante lejos del mar, en la parte antigua que fundaron los españoles. Bajo el almendro que miraba al río, se sentaban juntos en la hamaca y comentaban los textos, mientras bebían a sorbitos de una copa de mezcal. A ella le gustaba escuchar sus propios poemas en la voz de él. Decía que no sabía cómo explicar la emoción que su voz le provocaba, “es como si rebotara dulcemente en mi cabeza; como si me hicera cosquillas sensuales en el cerebro… es… no sé; pero me gusta muchísimo. Lee más, por favorcito”, pedía, haciendo pucheros, como niña.

Desde la primera vez, Alecsandros sintió renacer algo que nunca permitió que fuera más que un embrión diez años atrás. Su ética no permitiría tener relación con alguna alumna. Ahora la veía madura, con una fi gura portentosa, de diosa griega, pensó. Poco a poco, una cosa llevó a la otra, y casi un mes después. Una tarde, él la besó en los labios. Ella se recostó en la hamaca, el siguió con la teta zurda, bajó a la copita irregular de su ombligo, lo lamió y mordisqueó… y el romance comenzó. A partir de ahí se hablaban por teléfono todo el tiempo. Se mandaban correos por Internet, chateaban por la noches, y él escapaba a San Blas Obispo de Armenia cada que podía.

Ese día, ella no lo esperaba. Hacía quince días que él había estado en el puerto, por lo tanto su siguiente visita sería en unas dos semanas más. Pero la ansiedad por verla era un estilete ardiente en el pecho de Alecsandros, e ideó una estratagema para dejar su trabajo en Ciudad Huaxe e ir a los brazos de Anaíz. Apenas unas horas antes habían platicado por el chat, por eso era mayor la sorpresa de la chica. Aparte, en los tramos en que se podía usar el celular, él le dijo que le había enviado un paquete con una persona, a la que encontraría a las doce del día en los portales del antiguo Palacio de Cabildos del puerto; para reconocerla, le dijo, esa persona llevaría una camisa negra y zapatos blancos. Así que a alguien con esas características iba a buscar cuando se halló de frente a Alecsandros.

Él quiso llevarla de inmediato a la casa frente al río, pero ella, apesadumbrada, explicó que tenía una reunión impostergable en la empresa marítima en la que trabajaba, cerca de los muelles, al otro extremo de ahí. Pero que intentaría terminar rápido para estar con él. “También me derrito por tenerte”, le dijo mientras le daba besitos húmedos en el labio inferior. Se despidieron igual como cuando se encontraron. Ella subió a su auto y él se encaminó al mercado cercano para comprar algo de comida (mezcal siempre había en la casa) y lo principal: un ramito fresco de albahaca. Ninguno de los dos sabía que al otro le gustaba, hasta que, ella al abrazarlo una noche, descubrió ese olor en su camisa. Él había cortado en un cementerio y guardado unas ramitas después del entierro de un amigo. Ahora siempre había albahaca mientras estaban juntos.

Mientras la esperaba en la vieja casa, puso un poco de orden, tomó un baño y se acostó en la hamaca amarilla mientras releía Alcoholes, de Apolinaire, libro que había comprado para ella, porque le confesó no haberlo leído.

Su lectura era interrumpida por pensamientos confusos. Se dio cuenta que estaba nervioso, sentía una ansiedad inexplicable. Se dijo, para confortarse, que siempre estaba así antes de verla, casi desde la primera vez. No cedió al impulso de llamarle; se sirvió y bebió de un trago una copa de mezcal. El líquido ardiente recorrió al instante sus entrañas y lo tranquilizó levemente.

Decidió dejar la lectura y releer los mensajes de Anaíz en su teléfono móvil. Así llegó al último enviado en referencia a su llegada intempestiva: “Es la cosa más hermosa que nunca nadie me había regalado. ¡Gracias!”.

Tres horas después sabría que, por escribir ese mensaje, su pequeño auto era embestido por una doble pipa que salía sin precaución de la refinería. No la volvería a ver nunca, ni muerta: las llamas sólo dejaron fierros quemados y cenizas de su amor.

Durante el tiempo que Anaíz leía la historia no levantó la mirada. Él solamente podía observar el movimiento de su cabeza, sus brillantes caireles balancearse lentamente por la lectura y la respiración que temblaba en su pecho. Antes de que ella se detuviera, una lágrima cayó de su rostro y humedeció el papel.

Ella alzó la cabeza; la mirada, de esos ojos dorados que tanto amaba, pasaba a través de una cortina de lágrimas:

—¿Por qué me mataste tan temprano? —preguntó con voz adolorida, como si de verdad se le hubiera muerto alguien muy querido.

https://www.etcetera.com.mx/revista/noviembre-2018-revista/sueno-inconcluso/

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