Fernando Martínez: El eslabón perdido - BuhoWeb.com

De Guasina a la Ciudad Universitaria.

¡Mi papá llegó flaaaaaco, de tanta hambre y trabajo que pasó! La anécdota de mi abuela se repite cada vez que se habla de política. Mi bisabuelo habría estado en el campo de concentración que se hallaba en Guasina, Delta Amacuro (uno de esos estados con que bromean los capitalinos), diseñado para adecos y comunistas -sobretodo provenientes de los caseríos agrícolas de Venezuela-, como mi bisabuelo.

Guasina es una isla del delta del río Orinoco –ese que desemboca por el cerro Carlos Delgado Chalbaud-. Era una especie de cárcel a cielo abierto, sin ningún tipo de asistencia médica ni sanitaria y con temperaturas infernales, destinada a trabajo forzoso para aquellos “terroristas” que se habrían revelado contra el régimen de la Junta Revolucionaria de Gobierno y, posteriormente, de Marcos Pérez-Jiménez (1951-1958), donde se cometían vejámenes y maltratos ignorados por una urbe desinformada por la censura, en algunos casos, distraída con el último grito de Christian Dior.

Poco se habla de estas violaciones a los Derechos Humanos, eclipsados por una economía vigorosa en plena postguerra mundial (migraciones), caracterizada por la construcción y ampliación de infraestructura y servicios públicos, tales como la Ciudad Universitaria de Caracas, centro de las artes y sede de la institución académica más influyente del escenario civil venezolano.

Muchos hubiésemos deseado vivir esa época de crecimiento y bonanza, donde las grandes urbes gozaban de un envidiable crecimiento. Lo cierto es que no había estado de Derecho en la etapa final de un período signado por experimentos sociopolíticos de transición del gomecismo a las democracias (1936-1958). Período de intentos, trampas, elecciones y traiciones que las élites no se han esmerado en narrar para el imaginario colectivo, sospecho que por no admitir el fracaso de modelos que siguen vigentes para ellos.

Mientras tanto, nos tenemos que conformar con las memorias de una Venezuela pujante y otra empobrecida, una democrática y otra totalitaria, una sofisticada y otra vulgar, una educada y otra analfabeta. ¡Vaya imaginario antagónico! Pero, lo peor de todo, es que resulta dificilísimo hacer coincidir estos antagonismos.

Nadie podría decir de esa agua nunca bebí. Todos transgredieron el orden democrático porque no había salida posible o el tiempo se acabó. En tanto que la sociedad civil no encuentra solución de su propia conflictividad, se aclama a la clase militar para establecer el orden. Y viceversa.

Como en 1945, cuando el General Carlos Delgado Chalbaud acompaña a adecos a rebelarse a Medina Angarita, electo democráticamente. Luego, posterior a los comicios en 1948, se aventura con Pérez-Jiménez y Llovera Páez contra el electo Rómulo Gallegos, con quien Chalbaud tenía estrecha amistad.

El magnicidio de Delgado Chalbaud, el gran experto en rebeliones, es el único en la historia republicana, llevado a cabo en Las Mercedes en 1950. Se desconocen las razones de su asesinato. Se dice que la intención de Delgado Chalbaud era la institucionalización de la junta golpista que lideraba, pero su muerte conllevó a la etapa más próspera de Venezuela: la dictadura de Marcos Pérez-Jiménez. Por ello, diría que Delgado Chalbaud es lo más parecido al eslabón perdido de nuestra identidad política, hombre preñado de buenas intenciones, utilizado por la civilidad y el militarismo.

Fernando Martínez

@ferchomr90

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