Dilma tiene las cosas Collor de Mello - BuhoWeb.com
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Este domingo, en el hemiciclo de la Cámara de Diputados de Brasil, se realizará la votación que decidirá si se destituye o no a la presidenta Dilma Rousseff.

El proceso empezará en el plenario de la Cámara, desde abajo hacia arriba en la geografía del país. Es decir comenzando por el estado más meridional, el de Rio Grade do Sul; y dejando para el último los estados del Norte y Noreste, donde la presidenta tendría más apoyo.

Para lograr la destitución en Diputados se necesitan 342 votos de los 513 que conforman la totalidad de los mismos. Al momento de entrar en línea este artículo, el termómetro del impeachment indicaba que los diputados ya tenían más del número suficiente para aprobar la moción, e igualmente en el Senado, a donde será enviada la propuesta en el caso de ser aprobada hoy en Diputados.

Todo parece indicar que la derrota de Dilma Rousseff es inminente. No obstante hasta altas horas de la noche de ayer, se batían en una lucha encarnizada la presidente contra el vicepresidente, cada uno desde sus búnker. La una desde el palacio de Alborada y el otro desde el palacio de Jaburu. Ambos convenciendo o presionando para encontrar adeptos a sus causas.

La suerte de la mandataria se aceleró vertiginosamente esta semana, después que los distintos partidos políticos con los cuales formaba alianzas en el Congreso empezaron a abandonarla, uno tras otro, provocando un efecto dominó. Ya para el miércoles, el gobierno admitía no tener más diputados que lo apoyen para detener la censura.

Dilma y su mentor político Lula da Silva pasaron una semana febril y desesperada, buscando como aguja en un pajar diputados que impidan la censura, sin mucho éxito. Las estrategias políticas de Dilma pasaron, primero acusando de “golpistas” tanto al presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, como al vicepresidente de la República, Michel Temer, a quien ciertamente habría de temerle ya que él será quien se encargue de la presidencia en el caso que Dilma sea destituida. Luego la presidenta cambió la ofensiva por una oferta de “pacto” y de cogobernabilidad con sus opositores; para terminar el jueves reconociendo la posibilidad de una eventual derrota en la votación. Ese mismo día también el Supremo Tribunal Federal (STF) rechazó por mayoría de 8 contra 2, un recurso de anulación de la censura, planteado por el gobierno.

Tras todo esto, a Dilma y a Lula no les quedaba otra cosa que la clásica opción de recurrir al “pueblo”, a los útiles de siempre, que para esto sí sirven, aunque no a la hora de los repartos de los beneficios del Estado. Desde tempranas horas del viernes la ciudad de Sao Paulo empezó a llenarse de adeptos al gobierno, protestando contra el impeachment. En otros estados, como Minas Gerais, Mato Grosso, Bahía, Pernambuco, Espíritu Santo, Río de Janeiro, Rio Grande do Sul, se producían escenas iguales. Cerrando la noche del viernes Dilma puso al aire en las redes sociales un video de seis minutos donde volvía a acusar de golpistas a Cunha y Temer, y echarles la culpa a los opositores hasta de los desaciertos económicos que se vienen experimentando en el país. El sábado las manifestaciones en contra, pero también en pro, de la destitución tuvieron lugar en varias ciudades brasileñas.

 

¿Por qué se ha llegado a esta situación?

Como siempre, una respuesta a este tipo de asuntos va depender en gran medida del punto de vista del interesado. Ya es un hábito reaccionar según nuestras ideologías, lo cual no tendría nada de malo si no fuera porque estamos dando la impresión que la verdad no existiera por ella misma, sino según el ojo de quien la mira. Por el contrario, la verdad es como una verdad de Perogrullo, es decir tan obvia como la obviedad.

Disquisiciones aparte, diré que esto que le sucede a Dilma se veía venir. Su gobierno ha cometido muchos errores. Entre los más recientes (y al parecer la gota que rebasó el vaso de su mala hora) fue el hecho de haberle dado cobijo en su gabinete, y asignándole el más alto cargo, a una persona encausada por la justicia, como ha pasado a ser el expresidente Lula da Silva. Lula huyó por el fondo del escenario, como decía -si mal no recuerdo- un diputado opositor. Y no se trata de poner gratuitamente en tela de juicio al poder judicial, aún cuando pueda tener cosas criticables. En cambio, el gesto de la presidenta de la República, al cometer de facto “desobediencia” y “trabas a la justicia”, da la impresión que ella cree que el poder judicial forma parte de sus fichas en su ajedrez político, lo cual evidentemente ha sido una mala jugada, y como vemos está a punto de recibir jaque mate.

Por otro lado diré que más de 13 años consecutivos de gobierno de un mismo partido político, desgastan, y pueden crear lazos profundos entre personas e instituciones, que pueden influir en la probidad de las acciones de gobierno; a menudo el poder endiosa a las personas dándoles aires de eternidad, y suelen perder sus objetivos más puros. ¿Es una excepción el Partido de los Trabajadores (PT)? Evidentemente que no, por todo lo que está pasando y lo que nos falta por ver.

El PT está en el gobierno brasileño desde el 2003. Primero a través de los dos períodos presidenciales de Lula da Silva (2003/06 y 2007/10), en los cuales también participó Dilma Rousseff como ministra y posteriormente como Jefa de Gabinete, que es el cargo que ahora le ha dado a Lula. Después vino la etapa Dilma, desde el  2011 al 2014, seguida de su reelección empezando el 2015 y que terminará, si no es censurada, el 2018. Es decir 16 años (o 13 si prospera la censura), que habrán estado en el poder Lula y Dilma, y todo el resto de su entorno político, a la excepción de los que han ido cayendo en la cárcel.

Precisamente es el maloliente olor de la corrupción el que ha envuelto la era del PT, desde muy temprano. En el 2005 apenas dos años de empezado el ejercicio de Lula, estalló el escándalo del Mensalao, que hacía alusión a supuestos sobornos entregados a diputados para que votaran a favor de las propuestas del Ejecutivo. El proceso judicial terminó en el 2012, con la condena de casi toda la directiva del PT de entonces. Rodaron cabezas famosas del petismo brasileño, entre ellos José Dirceu, brazo derecho de Lula, y quien debería haber sido el sucesor y no Dilma. Direceu fue condenado a 10 años y 10 meses de prisión, aunque en el 2014, el STF le permitió cumplir su condena en casa, para luego el 2015 encontrarse otra vez envuelto en otro escándalo que aún está en proceso, el llamado “Operación Lava Jato”, que constituye todo un entramado de personas para cometer delitos, como lavado de dinero y pagos indebidos a personeros por parte de empresas contratistas de la petrolera estatal Petrobras. En estos momentos no sabríamos decir en qué situación está Dirceu, si en la cárcel o en su casa. También con él, y por el primer caso del Mensalao, cayeron otros ilustres petistas, como José Genuino, presidente del PT y el tesorero, Delubio Soares, etc.

Como se sabe, el 4 de marzo de este año, Lula fue detenido y revisada su casa, en el marco de la investigación Lava Jato. Por primera vez el expresidente fue involucrado directamente en los casos de corrupción que se produjeron en su período presidencial y en los cuales está involucrado su partido político. Cuando se cernía sobre él una definitiva orden de detención, Dilma le dio inmunidad, metiéndolo en su gobierno; un acto político que fue objetado por los tribunales del país, y aún danza de un escritorio a otro, entre sentencias y apelaciones.

Diremos también, aunque no como una justificación para el gobierno de Dilma, que de acuerdo a informaciones periodísticas, se presume que la corrupción en Brasil es tan amplia que el 60 % de los diputados serían corruptos. Es decir gran parte de los que hoy votarán por la destitución de Dilma, están también contagiados por el virus, tan pegajoso como la sarna.

Finalmente vamos a explicar el porqué del curioso título de este artículo. Como dice el refrán a Dilma, en efecto, las cosas se le están poniendo color de hormiga, pero más precisamente decimos nosotros se le están poniendo Collor de Mello, ya que está a punto de pasarle lo mismo que le pasó a otro presidente de Brasil, Fernando Collor de Mello, en 1992, que fue destituido en medio de una impresionante corrupción, sin precedentes hasta entonces.

Fernando Collor de Mello fue denunciado por su propio hermano. Se destapó que en su entorno funcionaba un complejo sistema de tráfico de influencias y sobornos a cambio de favores políticos, orquestados por su amigo y tesorero de campaña Paulo César Farias, el mismo que cuatro años después del escándalo, fuera encontrado muerto en su casa al norte del país, al igual que su novia. Hasta hoy es un misterio su muerte.

Collor de Mello, cuando ya estaba acorralado, también criticó a sus adversarios de golpistas y también recurrió al auxilio del pueblo. Pero el sector estudiantil, que serían conocidos como los “cara pintadas”, abiertamente favorable al impeachment, le ganó las calles, sellando su caída. El 29 de diciembre de 1992, día previsto para aprobar la destitución en el Senado, después que ya los Diputados lo habían sancionado días atrás, Collor de Mello envió su carta de renuncia, dejando al vicepresidente Itamar Franco, como nuevo presidente de Brasil.

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